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viernes, 15 de febrero de 2008

El tesoro

Me gusta conducir de noche. En realidad prefiero la noche para todo.

Recuerdo con cariño cuando, con 13 años, mi padre me llevaba fuera del pueblo para dejarme el coche y enseñarme a conducir.

Una noche casi nos estrellamos contra un camión que venía de frente porque mi padre dijo que para conducir debía ser un hombre y tenía que perder el miedo. Que me cambiara de carril, me dirigiera hacia él y ya veríamos quién se apartaba antes del camino. Para no chocar contra nosotros tuvo que dar un volantazo, se salió de la carretera y volcó.

Dimos la vuelta para auxiliarle y al llegar salió por la ventanilla, hizo ademán de limpiarse la camisa y cayó desplomado al suelo. Al poco tiempo se presentó la Guardia Civil y cuando se acercaron para ver cómo se encontraba, se despertó de golpe con una borrachera descomunal, se levantó y empezó a pegar patadas a la cabina del camión gritando: ¡Traidor, que todo lo tengo que hacer yo!

Lo que nos pudimos reír los que estábamos allí. Especialmente cuando se fijó en mi padre, vestido con sotana y flanqueado por la pareja de tricornios. Que si no estaba muerto, que no le dolía nada, que nunca se había imaginado así el infierno, que la culpa de todo la tenía un coche que se había cambiado de carril, que para evitar el choque había girado bruscamente saliéndose de la carretera, que él era católico, que había sido durante un mes el chófer de D. Manuel Fraga Iribarne, que era padre de siete niños y una niña, que su mujer estaba embarazada...

La Guardia Civil no le creyó en absoluto y cuando redactaron el informe especificaron que conducía borracho y mi padre firmó como testigo.

Esa noche aprendí que no había que conducir borracho y tener miedo al mismo tiempo.

Algunas veces me sorprendía ensimismado recordando episodios pasados con tal nitidez que revivía las mismas sensaciones que cuando ocurrieron. Había desarrollado tanto esa habilidad que podía, incluso, inventar historias y vivirlas realmente.

Iba pensando en esa característica mía cuando llegué al camino que cruzaba el merendero que había a las afueras de Boceguillas del Gargüero. Allí debía girar a la derecha, avanzar durante 800 metros aproximadamente, torcer a la izquierda por un camino de tierra y en el segundo desvío a la derecha seguir hasta toparme con la finca.

Efectivamente. Allí estaba. Rodeada de una tapia de unos dos metros de altura.

Aparqué en la parte de atrás. Subí al techo de la furgoneta y entré saltando el muro. Ví que en la entrada de la finca había un ancho camino franqueado por altos chopos que conducía a una antigua casa de adobe, mucho más grande de lo que había imaginado. Detrás de ella un terreno lleno de árboles frutales y en el lateral izquierdo un cobertizo de piedra. El establo.

Empezaron a ladrar unos perros y salieron a mi paso. Al no hacerles caso ni darles importancia se pusieron los dos a restregarse con mis pantalones. Debían tener hambre. Les eché unos trozos de panceta fresca y pan duro que había llevado en una bolsa por si acaso, se tranquilizaron con la comida y me encaminé al establo.

Unas treinta ovejas estaban allí encerradas.

Caminé hasta el fondo y comprobé que no existía ninguna habitación. Tan sólo paja.

Me puse a reír a carcajadas. El muy cabrón había vacilado a mi padre cuando le pedía la absolución. Mientras se estaba muriendo. ¡Qué huevos! Lo que me hubiera gustado estar allí mirándole a los ojos mientras le contaba esas trolas. Me maravilla la cantidad de gente anónima que existe llevando vidas increíbles imposibles de imaginar.

Haciéndome a la idea de que el paseo había sido en balde me dirigía hacia la salida cuando una imagen en el cerebro me paró de repente. El fondo del establo estaba lleno de un montón de pacas rectangulares de paja colocadas ordenadamente unas encima de otras y había pasado por alto un detalle. En la zona de la derecha los fardos de heno estaban ennegrecidos. No eran de la misma siega.

Volví, hice un pequeño amago de mover esa paja y asombrado comprobé que no pesaba nada. De hecho, la retiré sin ningún esfuerzo y vi que medía tan sólo 20 cm. de profundidad. Encendí la linterna y miré. Al fondo había una puerta. Avancé por el pasillo formado por las pacas de paja, vi que estaba cerrada por dos cerrojos y que necesitaba las llaves para abrirlos. Seguramente las llevara el anciano en su llavero. Miré alrededor de la puerta por si encontraba algún orificio donde pudieran estar escondidas unas copias antes de decidirme a tirar la puerta a patadas y me llevé la sorpresa de que a la izquierda, colgada de una escarpia, había una llave. ¡Inaudito!

La llave servía para los dos cerrojos. Giré las cerraduras, tiré del pomo y la puerta abrió hacia afuera. Alumbré con la linterna el interior y descubrí que se trataba de una habitación muy pequeña, de menos de dos metros de profundidad y a la entrada había colocada una gastada silla de anea que miraba hacia la izquierda. El interruptor de la luz parecía haber salido de una tienda de decoración. Con leds de color anaranjado para que se viera a oscuras y con potenciómetro para graduar la intensidad.

Pasé, cerré la puerta, me senté en la silla, di al interruptor, y una luz blanca halógena iluminó la estancia. Fijé mi vista al frente y mi corazón palpitó bruscamente, se paró, y arrancó de nuevo con un ritmo acelerado.

¡Gracias Dios mío por haber hecho que fuera mi padre quien asistiera los últimos instantes de ese anciano!

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4 comentarios:

NáN dijo...

¡Gracias al Padre por ese Hijo!

ese dijo...

... de puta!

ondina dijo...

"Me maravilla la cantidad de gente anónima que existe llevando vidas increíbles imposibles de imaginar".
Y a mí también.

ese dijo...

Quizá debido al anonimato puedan permitirse el lujo de llevar ese tipo de vidas.